domingo, 21 de junio de 2009

Pepe y los terroristas trianglistas

Si, yo tampoco me lo creía.

He cuidado a Pepe desde que lo conocí cuando todavía era una bola de pelos blancos y naranjas... de eso hace, dos meses largos, que es cuando llegué. Al principio, todo le mundo lo llamaba gato a secas, pensando que tenía mucha cara para subirse a la mesa a intentar comerse la comida del plato directamente.

No sabían que Pepe había nacido para cosas grandes.
El día que iba a buscarlo a la base, para su traslado definitivo a su nuevo hogar, me dieron las malas noticias. Quisieron tranquilizarme con frases hechas: novaapasarnada, notepreocupes, seguroquenoestangravecomoparece. El médico me hizo entrar en la oficina, y me dijo que hacía unas horas habían echado de menos a la bestiecilla peluda, y acababan de recibir este vídeo por correo electrónico:


video


Estos son los terroristas trianglistas, que en su vida profesional se dedican a la cooperación al desarrollo, pero de vez en cuando tienen tentaciones radicales. No importa que se note que el terrorista de la izquierda está leyendo un informe final de una ONG (y que salga en camiseta de tirantes y pantalones cortos); no importa que hagan peticiones distintas (para vuestra información, el precio del rescate fueron 100 euros o 100 millones de dólares, depende a quien le preguntárais) y que el terrorista de la derecha responda por su nombre (eso sí, el realismo de la actuación es impresionante!). No importa que Pepe les mire como si todos hubieran perdido la cabeza (de hecho, es altamente posible que la hayan perdido)...

Estas son las cosas que pasan cuando falta la electricidad durante dos días en medio del desierto... No hizo falta ninguna operación relámpago, parece que los terroristas, al no poder ponerse de acuerdo sobre el precio del rescate, dejaron desatendido al mercenario llamado Pepe durante un segundo, y este aprovechó para salir corriendo...

Como veis, me encuentro inmersa en la cultura local... humor negro, pero como la tinta de un calamar!!

PS: Ningún gato fue maltratado en el transcurso de este vídeo. Podeis observar que el mercenario llamado Pepe como mucho lo que está es alucinando. En estos momentos, ya no sufre ni de stress post traumático, que se le ha pasado a base de hincharse a pollo enlatado, y dedica su tiempo libre a revolverme la ropa del armario y a observar a las personas con un cierto aire de indiferencia.

viernes, 5 de junio de 2009

Inspiración

Cuando me miras con esos ojos tuyos ávidos de palabras, no puedo evitar que éstas vengan a mi de manera desordenada. Tengo que retenerlas de alguna manera y ordenarlas para que sean un discurso fluido y con sentido.
Es el riesgo de tener un oyente, de repente el significado de los mensajes es importante, porque tendrá una respuesta... Pero también es un placer, inventar un nevo lenguaje, un nuevo código formado de palabras, ideas y gestos, que nadie más entenderá.
¿Por qué ahora hay cosas que me dan pereza que antes no me la daban, y cosas que antes me daban pereza que ahora no me la dan?

Palabras que vienen a mi unas detrás de otras.

Yo no estaba mirando el cielo azul cuando llegaste tú; estaba casi casi convencida de que me había equivocado otra vez. Y ahora, resulta que no, que sólo era otra de mis impaciencias.

Me gustas cuando me miras fijo y piensas la respuesta a mis preguntas, y la formulas con tu voz oscura y cuidadosa, que se mueve como un animal enorme saliendo de una cueva llena de aristas cortantes. Me gustas cuando sonríes al anticipar la próxima curva de la historia.

Y te quiero contar todo, aquellas noches de verano sin dormir, anhelando las estrellas que no se podían ver desde mi casa, los viajes contando las gotas de lluvia en los cristales del coche, la vez que acabamos cantando en un karaoke a las cuatro de la mañana, la vez que tuve que desaparecer de clase de un profesor porque tengo la boca como un buzón de correos, la vez que uno de mis amigos se quedó con la bolsa atrapada en la puerta del vagón de metro, la vez que mi madre quiso hacer una malignidad y lo que le salió fue una tontería de la que nos reímos todavía, la vez que me quedó en blanco en un escenario y luego buscamos duendecillos de colores toda la noche, la vez que dejé sin abrir una carta que iba destinada a mí...

Por que cada vez que me susurras: quiero saber algo más de tí, las palabras vienen como moscas a la miel.

miércoles, 3 de junio de 2009

Los gatos de la base

Si, si, escribo poco, lo sé. En los últimos dos meses he bajado la media de entradas de dos o tres por semana a dos al mes! Lo sé, lo sé. Y soy la primera que se lo reprocha.
No tengo internet siempre; cuando tengo internet, tengo mucho trabajo, cuando tengo internet y tiempo, no tengo inspiración, y vuelta a empezar, cuando tengo inspiración, no tengo cómo escribir, aunque un alma particularmente caritativa me ha buscado un quaderno (si, así, con q) para que escriba.
Por que no es por falta de material.
Esto es una mezcla entre una película de acción (de esas que sale PMA), las mil y una noches y las historias de la mili que contaba mi padre. Imaginad el ponche.
Una película de acción: porque el trabajo tiene el mismo ritmo de siempre, sólo que trabajo en varios idiomas, no como en tierras mayas. Nada comparable a la adrenalina de llevar los land cruisers, aunque esté mal que yo lo diga. Pero es que cualquier otra cosa, se queda atascada en la arena.
Las mil y una noches de puestas de sol, gatos, arena y músicas hipnotizantes que me llenan las orejas.
Las historias que contaba mi padre; surrealismo sin límites (y un pensamiento colateral: qué me lleva a mí, niña de familia bien, educada de pago, en un mundo ordenado, a buscar el surrealismo por doquier? No sé, pero la vida tiene que ser algo más que sólo el camino escrito...).

Os pongo un ejemplo que mezcla las dos últimas:

Érase una vez que se era una base humanitaria donde vivían tantos gatos como personas. O más, tal vez. Los gatos iban y venían de día y de noche, por la base y alrededores, y algunos hasta estaban empezando a hablar. Había manadas de gatos corriendo libres por la cancha de volley playa (la arena está ahí, el mar hace mucho que se fue a la costa).

El día que el jefe de la base encendió el ordenador y se encontró con que en vez de un ratón, tenía un gato, decidió acabar con la cosa.

Después de sacudir al micho (inciso, micho es palabra de origen árabe para gato, de raíz latina, mucho más inquietante) sin ninguna compasión, salió a la puerta de la tienda oficina y llamó a todo el mundo. Como no encontró al pregonero (papel repartido entre todos los miembros de una comunidad tan pequeña como cotilleadora), hizo un anuncio él mismo:

- Se hace saber que tenemos un problema de gatos (a lo que todo el mundo asintió; algunos, para quitarse los gatos que tenían por sombrero). Para solucionarlo, propongo que los atrapemos a todos, y los echemos de la base.

Todo el mundo asintió otra vez y echó mano del gato que tenía más cerca, con intención de expulsarlo del terreno neutral y humanitario de la base. Pero los gatos, al revés que las personas, no se vuelven tontos cuando estan en grupos grandes, así que salieron corriendo y se escondieron debajo de las tiendas, donde los pobres humanos no podían cazarlos.

El jefe se sentó en los escalones de la tienda-oficina a pensar, mientras un gato gordo y rayado le mordisqueaba los dedos gordos de los pies. Y en eso estaban jefe y gato cuando se acercó uno de los condutores, que había estado callado durante la corta arenga y subsiguiente remolino.

- Jefe, yo puedo acabar con los gatos, si me pagais 100 dinares por cabeza.

El jefe miró a los ojos del conductor y no se encontró con un gaticida, sino con un tipo más bien bajito y pacífico, y se dijo que no tenía nada que perder, así que consintió.

Al día siguiente, el conductor se presentó ante el jefe con un saco lleno de gatos que se retorcían y maullaban. Efectivamente, el jefe miró alrededor, y efectivamente, distinguió la arena del suelo.
- ¿Cómo lo has hecho?
- Lo siento, secreto profesional, pero necesito que me pague.
- De acuerdo - dijo el jefe, mientras hacía honor a su palabra.
El conductor cargó los gatos en el cajón de su pickup y se fue a descargarlos a algún lugar remoto del desierto (en esta historia ningún animal fue maltratado ni muerto violentamente más allá de haberlo metido en un saco y soltado a seis o siete kilómetros de la base).

El jefe salió a disfrutar de la tranquilidad de la base sin maullidos, y se encontró con los demás empleados que hacían lo propio, mientras contaban dinero en sus manos...
- De dónde ha salido ese dinero - les preguntó.
- Ah, el conductor nos ha pagado 50 dinares por cada gato que atrapáramos, y hemos estado toda la noche cazándolos...

El jefe volvió a la tienda-oficina a mesarse los cabellos, pero nunca le dijo nada al conductor. Ni siquiera cuando una plaga de ratones invadió la cocina y hubo que volver a traer un par de gatos que los liquidaran... pero es otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión.

lunes, 1 de junio de 2009

Impresiones desérticas nocturnas

Escucho una parte de cada una de las muchas conversaciones que están teniendo lugar simultáneamente... palabras y palabras, distintos idiomas. Hay un ambiente alegre, distendido, esperamos cenar a las mil y pico de la noche, porque es la costumbre. No hay prisa, como alguien dijo mientras veníamos, el tiempo no cuenta, lo que cuenta es la espera. Al segundo vaso de té, empiezo a pensar que no voy a dormir, pero no sé si estoy equivocada.
Pero prefiero beber té, porque me gusta la ceremonia de cambiarlo de vaso mil veces y el aroma de menta que desprende.
Hemos venido a celebrar el nacimiento de un niño que está oculto.
¿Qué vida le esperará?
Eso es lo que es un nacimiento, una promesa enorme.
Alguien me dijo que algunos africanos celebran el nacimiento con lágrimas, porque se viene a sufrir a este mundo, y la muerte con alegría, porque se va al más allá a ser recompensado. Perdonadme el escepticismo, pero prefiero ser feliz ahora, y que me quiten lo bailao. Además estos días, soy excepcionalmente feliz.
Ha sonado el último clic, sin que yo lo oyera, sin grandes algarabías.
La comida pasa eterna delante de nosotros. El cordero, los pinchos, la fruta, la sandía, los dátiles. Estas naranjas vienen de España, me dice alguien con un acento particular... pues no es época, me digo. Deben ser pobres naranjas de invernadero.
Me chupo los dedos, alguien pasa ofreciendo un barreño para lavarme las manos (ahora, cada vez que veo un barreño me acuerdo que mi padre sostiene que los adoran). Lugeo colonia, la conversación continúa a trozos, en distintos idiomas, más té. Más sonrisas. La luz que va y viene. Pero no pasa nada en la oscuridad, porque a penas hay tiempo para parpadear antes de que el suministro se restablezca.
Después, la oscuridad del exterior, donde los faros de los coches son como islas de luz en medio de la arena. Hay vent sable.
Nos reacomodamos en los vehículos, y mientras hablamos de la ceremonia del nacimiento y del bautizo, me voy resbalando suave pero sin pausa hacia un sueño pacífico, apoyada en un hombro amable y acogedor. Oigo las voces que siguen especulando acerca de qué es más importante para cada cultura.
La vida es lo importante, no lo olvidemos.
Abro los ojos de vez en cuando, y lo único que veo es la oscuridad de la carretera, iluminada por las luces del coche. Una isla pequeñita en el inmenso océano de oscuridad. Una mano que me acaricia la frente. Sigo medio durmiendo, pensando que lo importante es el camino. Alguien dice mi nombre despacito, con cuidado como si temiera romperlo. Hemos llegado. Al poco, me meto en un sueño mucho más profundo, lleno de viento y arena.