sábado, 30 de abril de 2005

Promesas de amor eterno que duran un fin de semana

El mayor cínico de la historia acabó en la cárcel por amor.
He aquí donde reside el peligro... al final, el enemigo acaba por atraernos y lo conocemos casi tan bien como a nosotros mismos. Lo cual, en puridad, no es decir mucho. Cómo debe ser caer en las propias redes de la ironía que se ha tejido, cuando no se puede seguir negando que dentro hay un corazón que late y siente. Cómo debe ser traiciornarse a uno mismo, aún cuando se sepa que la traición estaba preparada desde el principio.
Y a pesar de saber todo esto, uno prepara sus propios escudos, sus tímidas defensas, sabiendo que son inútiles, que nada, al final, puede salvarnos del dolor y de la alegría, que nada podrá evitar que al final dejemos de fingir y busquemos aquello que nunca se encuentra.
No existe el amor perfecto, es una trampa de la imaginación. Cómo va a existir en un lugar donde las personas son tan ruines de hacerse tanto mal unas a otras, cómo va a existir ese amor absoluto en un mundo lleno de imperfecciones horribles? Cómo va a amar absoluta, ilimitadamente una persona, que está sujeta a limitaciones? Es la paradoja del amor perfecto, que no existe, ni puede existir, pero que todos buscamos, de una forma u otra.
Darlo todo por una persona, darlo todo por ver su risa una vez más, por oír su voz una vez más, por sentir su piel una vez más... y después sumergirse en la oscuridad para siempre, permanecer perdido y fuera del recuerdo durante toda una eternidad, cuando esa palabra se nos escapa. ¿Qué es ese todo que estamos dispuestos a dar, cuántas últimas risas estamos dispuestos a buscar? ¿Cuánta oscuridad estamos dispuestos a soportar después de eso?¿No puedo o no quiero amarte más de lo que te amo? No quiero perderme a mi misma en este maremágnum de sentimientos sin sentido, no quiero olvidarme de lo que soy y de dónde he llegado, e ignorar aquello que está por llegar; no quiero volver a ver las cumbres del amor y las profundidades de la desesperanza. Es tanto más fácil recordarte, pensar en lo que pudo ser y no fue. Es tanto más fácil vivir con la costumbre del perfecto amor soñado que con la certidumbre de que el amor que tenemos no es perfecto.
Esta es, tal vez, la última vez que lo medito, aunque será la primera de tantas otras en las que acaricio mi certeza de que no puedo amarte más de lo que lo hago. No quise nunca conformarme. Me dijeron que nunca sería feliz porque no me conformaba con nada. No seré, pues, feliz. Sigo sin quererlo, uno nunca se puede conformar sino cuando se siente derrotado. Comienzo a intuir mi derrota, y es mejor, quizá retirarse antes de tener la certeza de que se ha perdido irremediablemente. No me conformo a vivir sin ese amor perfecto, por eso tengo que protegerme de él, porque es probable que no aparezca nunca, no puedo esperar eternamente, a oscuras en este lugar brillante que es el mundo. No eres tú quien debía traérmelo, y yo cada vez distingo mejor un destino gris delante de mí. Al final, todas las soluciones llevan al mismo fin, a una puerta que se cierra, a una mirada que se pierde en mi memoria mientras te alejas escaleras abajo, a un recuerdo que alguna vez se perderá en el espacio. A las frases que me dijiste y que yo te dije, y a las que se quedaron flotando en el ambiente. A las que nunca nos dijimos, por miedo a que este fuera y no fuera, todo a la vez, ese amor perfecto que nos acaba perdiendo en la desesperación.
Y cuando te intuyo cerca, me alejo. Me lo reprochas con la mirada, pero no puedo conformarme. Quizá es un error, el amor no lo es todo en la vida. Quizá... quizá los recuerdos son lo único que nos impulsa hacia delante. Quizá sería mejor si no hubiera visto nunca el brillo de tus ojos aquel amanecer. El mismo gesto repetido una y otra vez, en miles, millares de ojos, por los siglos de los siglos, en toda la historia de la humanidad. El mismo error cometido una y otra vez, por nosotros, pobres humanos, buscando, al fin y al cabo, la eternidad de un momento. Pero los momentos, como los grandes amores, no existen.
Noto las raíces frías del cinismo que se asientan en mis sentimientos, y no puedo ni queiro evitarlo, así cómo no puedo ni quiero quererte más de lo que lo hago. Pero no debo olvidar que el mayor cínico de la historia acabó en la cárcel por amor. ¿El conocimiento es o no es una maldición?

miércoles, 27 de abril de 2005

A veces

A veces no hacemos cosas para que los demás no sepan que queremos hacerlas. La insincerdidad y la desesperanza, ¿qué nos empuja? La superioridad de controlar todos los impulsos a toda costa, de negar la propia esencia. La tristeza de pensar en las cosas que no se hicieron nunca por una buena causa. La melancolía de preguntarse qué hubiera sucedido si se hubieran hecho entonces.
No te preocupes, no estoy pensando en tí mientras escribo estas palabras. En realidad estoy pensando en mí, y en cuántas veces me he equivocado, me he perdido a mi misma cuando decidía. Cuántas cosas que podría haber cambiado siguen ahí, in eternis.
Miro el santuario y me digo, está todo hecho. La traición se ha instalado en mi alma, las ganas de abrir las alas y desaparecer son cad vez más fuertes. Me pregunto si alguna vez tendré razón suficiente para quedarme en alguna parte. Las cosas siempre son más bellas cuando se extrañan. No hacemos cosas para que los demás no sepan que queremos hacerlas... o porque si las hiciéramos, perderían el discreto encanto de la sugerencia. Qué estúpida maldición humana es la imaginación. Me pierdo en tus miradas y en tus gestos. Y cada vez que sucede, oigo las horas, los minutos, los segundos transcurrir a mi alrededor, y me pregunto cuánto tiempo durará la presión esta vez, hasta que desaparezca, me encuentre en otro lugar, y pueda recordar esas miradas y esos gestos con la dulce añoranza de lo que pudo ser y no fue. ¿Serán acaso tus gestos y tus miradas más bellos, más profundos y más humanos cuando los eche de menos? No te preocupes, no estoy pensando en tí mientras escribo estos, estoy pensando en mí, y en mi incurable adicción a la melancolía.

Melancholie

Me encanta ver cómo la luz asoma por detrás del edificio, dándole una luminosidad especial, haciéndolo flotar ante mis ojos. El reloj eternamente parado a las cuatro y veinte... por qué dejan que los relojes se paren de esa manera? Es acaso una forma de decirnos que el tiempo, a veces, se para? Te recuerdo allí, mirando, bajo otro sol completamente distinto, una luz dorada completamente diferente de este reflejo azulado que brilla tras el edificio. Pero casi en el mismo sitio. ENtonces, el reloj ya estaba parado. Recuerdo la expresión de tus ojos, y recuerdo haber pensado que no sabía qué pensabas. Nunca lo he sabido. Y ahora te recuerdo en otros ojos, pero son siempre los tuyos... hay cosas que no se pueden cambiar, como esa media tarde que se ha quedado enganchada en las agujas. Si pudiera volver atrás en el tiempo... entonces todos estos pensamientos no tendrían ningún valor, porque, o bien habrían dejado de ser suposiciones para ser certezas, o bien habrían resultado ser conjeturas absurdas. ¿Es quizá mejor imaginar qué estabas pensando? De esta forma, aquella mirada tuya seguirá grabada en mi mente hasta que desaparezca, quemando con un calor tranquilo, como un fuego frío. Como una seguridad apenas intuida. Como un sentimiento que se niega... ¿Es posible que vea tus ojos y oiga tus palabras cada vez? Probablemente no lo sospechas, pero aquel día me diste un trocito de tí, y yo lo guardo. La vida es extraña, porque mientras yo paso y pienso en tí, mientras son las cuatro y veinte que ya no son, pasan otras miles de personas, superponiendo sus historias a la mía, componiendo un coro de miles de voces sobre la de mis pensamientos... sigues siendo tú el recuerdo más especial de este lugar? Si hubiera pasado algo más allá de aquel momento, si no hubieras desaparecido de allí, si yo hubiera sido menos cobarde, o tú menos atrayente... tal vez no habría ninguna mirada que recordar, ninguna voz que añorar y ningunos sueños que soñar.