domingo, 29 de agosto de 2010

Aviones y pensamientos

Como veis, el tiempo libre me cunde y he vuelto a actualizar el blog... y además, estaba yo pensando que este blog sin aventuras es como una aceituna sin anchoa, un poco decepcionante... Ya sabeis, claro, que no es la falta de aventuras lo que me lleva a no escribir, porque de esas tengo muchas, producto de la conjunción entre el imán de sucesos bizarros que es mi persona y los lugares a los que me lleva mi trabajo (y todo, por culpa de la educación perniciosa que recibí en mi hogar). Y no sólo de aventuras, porque en este blog, cuyo propósito original se pierde en la noche de los tiempos (y ya puedo confesar, fue la pura envidia lo que me hizo abrirlo, imagino que si el Arquero llega a leer esto, me escribirá un mail furioso como el de la tortilla de patatas), también cuento neuras, decepciones, impresiones y hasta doy buenas noticias. O las daba. Pero en realidad, todo esto no es más que una clasificación de lo inclasificable (de esas que yo odiaba cuando estaba en la universidad), porque lo que yo siempre he hecho cuando me siento (escribir de pie es muy difícil) ante esta malhadada pantalla (los de blogger me ponen cada vez el espacio más pequeño, me parece) es escribir lo que se me pasa por la cabeza o habiéndoseme pasado previamente, ha sido convenientemente apuntado en alguna parte. Lo cual ahora mismo es difícil, porque de unos años a esta parte siempre me pasan cosas por la cabeza cuando no puedo apuntarlas porque voy conduciendo, o no tengo papel a mano (esos despegues de los aviones en los que te has dejado el papel en la mochila que va en el compartimento superior (espacio sin nombre así designado por las cada vez más camareras y menos azafatas).
El otro día, después de que se me ocurriera una idea, decidí, a falta de sustancia mejor, apuntarmela en la cabeza, y aquí la teneis maduradita...
He descubierto por qué antes me encantaba y ahora me da miedo volar. Y no sólo eso, sino muchas otras cosas... ayer le contaba a la asombrada vendedora de drogas legales que cuando abrieron la lanzadera del parque de atracciones me debí subir nueve o diez veces seguidas (y tengo testigos). Ahora me dan escalofríos de pensarlo y soy probablemente la única turista que no se ha subido a la Torre Eiffel a pesar del número de veces que he estado en París.
Es una cuestión de experiencia y confianza... o de inocencia y fe en las personas, según se mire. Al principio piensas que los demás saben lo que hacen, y que por tanto, pondrán su empeño en hacerlo lo mejor que puedan. Y dentro de ese supuesto hay muchas cosas que se dan por sentadas, y que a medida que uno obtiene pruebas en contrario, va echando abajo. La mayor parte de la gente sabe lo que está haciendo y pone empeño en hacerlo bien; hay mucha gente que sabe lo que hace y mucha gente que se esfuerza en hacerlo bien... es una progresión que acaba en algo como: no pasan más cosas porque dios no quiere (o sea, vaya usted a saber por qué!)...
Estoy casi siempre segura de que el piloto del avión sabe pilotar mejor que yo, pero no puedo evitar pensar que las malas conjunciones ocurren. Y como no puedo evitar montar en avión (porque me gusta mi trabajo y mi vida lo suficiente como para compensar las horas de sufrimiento y agarroramiento de las manos por hacer fuerza en los brazos de los cada vez más escuetos asientos de los aviones), pues me dan escalofríos las atracciones de feria.
Me estoy volviendo una cínica terrible con los años, lo sé. Pero no sé por qué eso tiene que ser malo...

viernes, 27 de agosto de 2010

Arreglar el mundo

Arreglar el mundo es, como criticar al prójimo, un deporte mucho más practicado que el fútbol. En los lugares en los que la sobremesa es una sana y practicada costumbre, claro, porque estas cosas, si no se hacen con el estómago lleno de comida (y/o con aderezo etílico) no tienen gracia. Yo creo que si el ajedrez es un deporte, estas animadas conversaciones delante de un mantel sucio y lleno de migas lo son todavía más, porque uno ejercita el cerebro buscando argumentos sobre todo, quema las calorías recién ingeridas haciendo gestos y aspavientos.
Y como en la mayor parte de los deportes, el resultado es efímero; al final se pierden todos los participantes en la discusión sin que nadie tenga más o menos razón... hasta que alguien se levanta de la mesa y todo el mundo cambia de actividad: igual que un récord mundial dura hasta que alguien lo bate, lo que puede suceder diez segundos más tarde de haberlo logrado.