miércoles, 26 de septiembre de 2007

Show must go on?


Y que la única pregunta que me hago constantemente no sea capaz de hacérsela a quien sabe la respuesta.
Y que la única cosa que de verdad debería tomarme en serio no sea capaz de afrontarla.
Que toda la fuerza que soy capaz de reunir me sirva solo para dar una respuesta pequeñita.
Horas desperdiciadas pensando en posibilidades.
Sueños absurdos.
Todas esas grandes decisiones se quedan atascadas tras una simple mirada.
Porque mentir es mucho, mucho, mucho más fácil.
O mejor, ni siquiera mentir, dejar pasivamente que las apariencias engañen.

My make up may be flaking but my smile still stays on.

martes, 11 de septiembre de 2007

Ni un gramo de exageración


Nunca pensé que se pudiera estar así de ocupada. Y yo siempre me he dedicado a estar ocupada. Pues aún así, nunca pensé que llegaría a estarlo tanto. Tener constantemente esa sensación de "uy, si ya son las xx"... y de "hm, mañana no puedo, tengo esto, esto y esto que hacer"... y esa interminable lista de loharémañanas. Una lista que crece todos los días. Y, será que me hago mayor, llego al fin de semana con ganas de dormitar pacífica y beatíficamente... obviamente, en cuanto me doy cuenta de que es viernes por la noche, se me pasan las ganas de dormitar, pero el resto de la semana lo pienso de verdad.

Todo esto, para explicar por qué mi blog está sin actualizar desde agosto, y eso son diez días! Y no es que no me hayan pasado cosas, claro, ni que no haya tenido cosas que contar, es que he tenido el tiempo justo de respirar y eso, últimamente. Tengo la compra perennemente sin hacer, y eso es algo en lo que tengo que trabajar también, además de actualizar el blog...

Otro de los problemas que me han dificultado escribir ha sido la falta de.... hm, digamos, ingenio. Hay varias cosas que quería contar, pero estaba intentando encontrar una forma jocosa de contarlas... S me dijo que no me esforzara, y voy a tratar de hacer eso... Pero tengo que hacer catársis, o me va a dar algo, aunque ya lo he contado un par de veces (y la gente de aquí, que conoce a todas las partes interesadas, entiende perfectamente).

El caso es que esta tarde, mientras volvía a casa, he dado, sin querer, con la clave de cómo empezar esta historia. Y es que me he dado cuenta de que una casa es una casa porque uno se siente de determinada forma cuando entra... No me pregunteis por qué me he dado cuenta, porque ha sido cuando iba por la calle. Sólo cosas que hacen clic en la cabeza, así, sin querer.
Y mi casa no es mi casa. Es un apartamento solamente. Hasta hace poco, ni siquiera tenía fotos en las paredes... porque uno no cuelga fotos en las paredes de un hotel, claro. Aunque se vaya a quedar diez días. No había colgado fotos en las paredes yo, que cifro mi fexibilidad vital en sentirme en casa en cualquier sitio donde esté más de una semana.
Y no lo había hecho, no por ir a quedarme menos de una semana, como habreis podido imaginaros, sino porque era complicado sentirse en casa en estas circunstancias. En el fondo, algo intuía yo, que no soy tan bruta como parece algunas veces.

La próxima vez que comparta casa, de verdad, que hago un psicotécnico a la persona... si, es peculiar, es peculiar, pero podían haberme avisado, leñe. Reconozco que el año pasado me metí yo misma en el jardín (después de pensarlo durante diez minutos), pero esta vez ha sido impremeditado. Y sin aviso, además. Mejor, con avisos demasiado sutiles.
Lo curioso es que hemos pasado de un extremo al otro... de las setas a la hiperactividad más desconcertante...
¡Me persigue la maldición del compañero de piso desequilibrado!
O si no, ¿qué tipo de explicación puede tener la serie de sucesos que pretendo narrar a partir de ahora? Seamos sinceros, que la más light es el desequilibrio.

Al principio fue el chiquimulteco. Guatemala es un país complicado, y uno de sus lugares más profundamente complicados, es Chiquimula, precioso departamento del oriente del país, lleno de comunidades remotas y de gente armada. Él no era la excepción a su medio. Traté de no ser mala, de no pensar que era una cosa exótica... pero realmente, me pareció demasiado idiota cuando me contó por trigesimoquinta vez el mismo chiste (malo y racista) y pretendió que me riera. Yo, los chistes malos, solo se los río a mi padre, que para eso es mi padre. (Y después de haber sufrido a semejante gracioso, debo decir que he aprendido mucha relatividad en este sentido, quizá los chistes malos de mi padre no son tan malos... quizá). Así que a la trigésimoquinta decidí que hasta la buena educación tenía sus límites, y medité que la próxima vez que le viera, le iba a pedir el alquiler (con o sin chiste, y en cualquier caso, antes de que intentara calzarme el famoso chiste). Porque si me lo voy a encontrar diciendo chorradas en la cocina cada vez que vaya a por un vaso de agua, quiero una compensación económica.
Afortunadamente (pensé, después descubrí que más bien era desafortunadamente, pero bueno, me falló la bola de cristal), cuando ya estaba yo echando cuentas de a cuánto salía el alquiler entre tres, el chiquimulteco desapareció de vista por primera vez.
Entonces, me enteré de muchas cosas, como que la joya, además de ser gracioso hasta el llanto, estaba casado y con niños. Eso, por no caer en la crítica barata de que es más feo que pegarle a un padre (y direis; bueno, muchacha, algo tendrá, no? Pues no sé, la verdad... sinceramente, no lo sé,, ni pensando bien, aunque no se me da, la cosa)... pero de esos que asustan si los ves en un callejón oscuro, vaya.
Como en las películas de miedo, cuando pensé que la cosa había acabado, presté mis orejas y mi consejo (siempre buenos, siempre razonables, ya me conoceis), y entré en el mundo de los guapísimos. Y no es ya que tenga yo buen o mal gusto, es que al menos lo tengo.
Después de haber encontrado al primer guapísimo (nunca sabremos cómo era), resultó que el chiquimulteco era un acosador y un pesado (siiiiiii? No me había dado cuenta, chata). Y aún así, volvimos con él, porque no sabemos estar solas... y yo, simple de mi, no le pedí el alquiler mientras tenía oportunidad.

Después, vino mayo, junio en España y cuando volví, me encontré con un viernes feriado. Y decidí, que bueno, que tal vez no era mala idea ir el fin de semana a un sitio preciosísisimo de la muerte en un lugar remoto. Y curiosamente, no fue una mala idea, pero porque vacié la cabeza de cosas (de puertas adentro), no porque pasarse un fin de semana hablando de mestizaje (de puertas para afuera) sea divertido... empiezo a pensar que tal vez uno de los problemas de este país es precisamente ése, que la gente habla demasiado. El punto culminante fue cuando escuché la frase: "mi ahijada tiene un mestizaje precioso..." Por favor!! No puedes simplemente decir que es muy guapa??? Eso, más las promesas de voluntariado que oí todo el fin de semana... que por supuesto, nunca se pusieron en marcha, porque para eso hay que relacionarse con personas de verdad, que tienen problemas de verdad.
Lo peor del viaje fue que, por una serie de conjunción entre bocas muy grandes y egos aún mayores, me instalaron un ciclo de cine en casa. La cosa no tenía por qué haber estado mal... pero... como dice Murphy, lo que pueda ir mal, irá mal.
El ciclo de cine empezó, y afortunadamente, yo tuve mucho trabajo durante una temporada. De verdad, no penseis mal de mi, tuve muchísimo trabajo!! Incluso algunas de las películas las vi yo sola en casa. Pero no me acusareis si me enerva oír risitas nerviosas y comentarios absurdos en medio de una película sobre soldados que no se reinsertan, o en Pantaleón y las Visitadoras, verdad?
Pero sigamos con la historia principal... el verano (que aquí es temporada de lluvias) transcurría perezoso, cuando el chiquimulteco hizo su aparición fugaz, y las cosas empezaron a degenerar rápidamente. A ver; pregunta de minipunto: si yo tengo un ex acosador, obseso, bestia y pesado, y me voy de viaje con unos amigos, como en su casa el domingo? Con su mujer y sus hijos? O le digo que haga el favor de dejar de llamarme? Bingo!! Me voy a Chiquimula a comer con él. Very smart.

Pero entonces, los hechos estaban encarrilados para llevar a una situación extrema. Apareció el peruano. ¿Qué quién es? No sé, uno de esos muchos entes que aparecerían después. Otra pregunta de minipunto: si hay un tipo en la oficina (de nuevo, feo como un pedo y con menos conversación que un caracol tuerto) al que una loca le ha puesto una etiqueta encima que pone: Propiedad de la loca, no tocar, yo ¿qué hago? Claro, me hago amiga suya, a ver si es posible que la loca me llame puta en un ataque de celos. Ahí interviene de nuevo mi maravilloso don de los consejos: aléjate del peruano, chata, que si por lo menos fuera guapo... o inteligente... Pero no, es que me gustan lelos.
(Y seamos sinceros, lo que más me molesta de esta historia es que me llamó para ir a la cena sólo porque no quería ir sola!! Parda de mi)
El ciclo de cine siguió. Y un día de ciclo de cine que yo volvía tarde a casa, me encontré con un tipo en el salón. Con mi habitual encanto (que ha hecho estragos en el mundo entero), le pregunté, tras cinco minutos de conversación ligera (habríamos podido hablar del tiempo, de haber estado en un ascensor, pero estábamos en mi salón), le solté: Bueno, y tú, ¿quién (demonios) eres? él, atónito por mi desconocimiento, me dijo (con voz engolada): soy Bond. James Bond. Pacientemente, me puse a hacerme una tortilla francesa mientras Bond y Mata Hari cambiaban secretos de alto espionaje en el salón, y cuando estaba a punto de hincarle el diente a la cosa, noté que el sujeto en cuestión había sido largado, y me apresté a recibir una nueva explicación.
No, éste no es especialmente feo (aunque sí parece tonto). Pero tíiiiia, es que tiene dos casas y un montón de dinero. Hm. Y no será él una de esas personas que agravan el problema de este país? O nada que ver? Nooooo, si es super majo y super buena persona. Mira, nos conocimos hace cinco días y me lo voy a llevar a la boda de una compañera de trabajo. Ooops, espero que nadie se de cuenta de que estamos juntos, dijo mientras se alejaba por el salón.
Si, no te preocupes, nadie lo va a pensar. Si después de lo del chiquimulteco, nadie va a pensar que te has juntado con nadie que tiene pinta normal (aunque no debe serlo, la verdad... ).

Empezando a sospechar que todo esto no iba a acabar bien, me comí la tortilla francesa, tranquilamente. Al fin y al cabo, el amor más sincero es el amor a la comida.

Hubo un par de semanas de paz... bueno, o a lo mejor no fueron de paz, pero como yo estaba muy liada, no me di cuenta. Hubo un viaje surrealista al lago, y una visita al terreno. Y cuando volví, me enteré de que Filomenita estaba en el hospital, con una infección de caballo. Y me pasé una semana que todas mis conversaciones eran sobre altas, antibióticos, mejorías... y yo hablo por Skype (uuups, publicidad!) en la cocina, porque en mi cuarto no hay señal (adivinad dónde estoy ahora... pues no, en el salón!!). Y además, esa semana, andaba yo con una catarrazo de esos que dan pena... mocos por allí, toses por aquí... un primor de familia, vaya.
Me preguntasteis vosotros qué tal Filomenita, o qué tal yo? Bueno, algunos sí (algunos incluso llamaron directamente, pocholos ellos). Pues adivinad quién no.
Y cuando ya estaba todo arreglado (Filomenita en casa, a dar instrucciones en sitio de cómo se pone la lavadora y cómo se hace una tortilla francesa, en vez de darlas a distancia), y yo, sin más que una mera sombra de la tos cavernosa que me había perseguido durante unos días... entonces, un día, estaba Mata Hari con Bond ahí, haciendo bulto en el incomedérrimo sofá que tenemos en el salón, y cuando salgo aclarándome de la garganta de mi habitación, oigo una voz afectada que me preguntsa: Daaaarling, cómo estás? qué te pasa?? Mi primera contestación, y creedme que me costó contenerla, fue: Si se te ha acabado el tema de conversación con Bond, a mi no me uses de excusa, bonita. Me dirigí a la cocina a por un vaso de agua y con una profunda calma interior, le dije: ah, gracias por preguntar, he estado mala una semana. Y rematé con una hermosa sonrisa llena de dientes.

Eso fue el principio del fin, me dije tristemente, la acidez que me corroía había por fin desgastado el culo del vaso que la contenía y yo sabía que saldría por cualquier parte en cualquier momento.

Ahi empezaron los detalles de gloria. Ese fin de semana, hubo dos fiestas (que son la diversión por estos lares; digamos casi la única diversión), de la primera no me enteré porque nadie me lo dijo. En la segunda, cuando alguien la echó de menos, me preguntaron, y la respuesta fue: lo siento, no lo sé... hm, y tampoco me importa mucho, increíblemente! Al día siguiente, estaba yo en la terraza, tranquilamente, haciendo como que no tomaba el sol para que no llegara la tormenta, cuando vino a decirme que se había puesto mala la noche anterior. Mi último rayo de humanidad salió a relucir: ¿estás bien ahora? si, estoy tomando suero... Eso te pasa por comer mal.
Días después, no me dejó hablar con un romano en mi propio salón... un romano!!! Si tengo el piso lleno de fotos de Roma!!!
Después, el día de la fiesta en la que la irlandesa se cayó a la piscina (memorable, chicos!), me avisó diez minutos antes de irse de que se iba a un preparty (no es que hubiera ido igualmente, pero hay formas y formas)... y en fin, una larga lista de cosas... Además, perdí la cuenta. En una fiesta conoció a uno de esos de "no hay chicas feas sino copas de menos", simultaneando con Bond; y después, llegó la historia madre de todas las historias.

La fiesta.

Hicimos una fiesta en marzo, como todos sabeis. Al menos todos los que leeis este blog, porque eso lo conté. Pero no es esa fiesta a la que me refiero... Como en aquella ocasión, los vecinos se había mostrado susceptibles (no hay por qué enfadarse cuando a las tres de la mañana hay setenta personas hablando y bailando en el piso de arriba, o de al lado, o si?), pensé que la mejor manera de celebrar el cumpleaños de R era hacer una fiesta en el salón común que hay abajo. Lindo salón común, he visto que hacen fiestas de quince allí. Pregunté, me dijeron que hasta las once, y dije, bueno, después ya veremos donde vamos, porque las once no son horas de acabar una fiesta. R dijo que de acuerdo, visto que tal vez en su salón no cabíamos. Mandó un email para decirlo, y ella contestó que si.
Al rato, pasaron muchas cosas. Primero, sonó la alarma del edificio y nos evacuaron. Después, hablé con R, quien, increíblemente, me dijo que ella la había llamado y le había dicho que mejor no hacer la fiesta en el salón común, que no había querido llamarme a mi directamente. Ah, muy bueno, porque las cosas se solucionan en casa. R, claro, ya no quería hacer la fiesta en el salón (yo tampoco habría querido en esas circunstancias), así que después de barajar algunas opciones, al final la hizo en su casa. Por la tarde, cuando yo volvía de una esforzada reunión en el lugar dondecristodiólastresvoces, me la encontré que salía del gimnasio, y me dijo: ¿qué vas a hacer? Voy al cumpleaños de R. Y me contestó: ah, pues luego te llamo a ver dónde estais. Y yo me giré y la miré.
Nunca jamás me había fallado una mirada.
Pero para todo hay una primera vez. Adivinad, queridos, quién se plantó allí. Increíble pero cierto (tengo que ensayar un poco más en el espejo). Es más, se plantó allí con una no invitada y con un nuevo lelo que fue tan increíblemente hábil de preguntarme: aaah, tú debes ser Lilith, no? Levanté una ceja y le dije: si, pero eso ya lo sabía. Me voy a un sitio más interesante.
Realmente, qué se puede esperar de alguien que baila hasta La Yenca como un reggaeton en una fiesta a la que no ha sido invitado?
Creo que el momento álgido fue cuando incluso pidió música.
El colmo de la desfachatez.

Conclusión, hace ya un par de semanas que decidí mudarme. El siguiente paso, será diseñar un examen psicotécnico para compartir piso.
Creo que dentro de diez días nos pasaremos unas buenas risas con todo esto... porque hoy, sólo faltan diez días para la visita más esperada del año. Dios mío, y tengo tantas cosas que hacer.
Por cierto, que esa noche, os prometo que va a haber cena en casa. Ya estoy preparando la lista de la compra y la lista de invitados, vive Dios.
Y tengo un karaoke en el ordenador.

Y si alguien piensa que contar todo esto en mi querido blog es tan infantil como escribirlo en un diario, le conmino a que venga a verme a Guatemala... os aseguro que esta vez no he exagerado ni un ápice.