miércoles, 2 de enero de 2013

Un día de los inocentes del pasado

Y otra entrada recuperada del limbo borradoril del blog - y con bucle espacio temporal incluído... menudo lujo! Creo que la fecha original era el 2 de enero de 2013.



Creo que cosas como estas pasan en todas las familias, pero en la mía son más frecuentes... o a lo mejor nos fijamos más... o a lo mejor es que de verdad somos personajes de una novela escrita (a veces muy mal!)  por alguien que no vemos. La verdad, no me preocupa. Pero me encanta coleccionar historias de estas, así que las voy a bautizar historias filomenitas.

De esta historia hace un año. No sé por qué no la conté aquí - probablemente la whasapee o la feisbuqueé o algo - pero ahí va.
Era el día de los inocentes, y nada parecía indicar el caos que acechaba tras la esquina. Una servidora estaba en casa de los Filomenitos, habíamos pasado la Nochebuena juntos y nos disponíamos a estrenar la solución habitacional madrileña en Nochevieja, con el resto de la familia, y para eso habíamos preparado todo - y con esto quiero decir diez o doce bultos en total, algunos de ellos con olorcillos sabrosos y misteriosos - para viajar en tren. Con las experiencias anteriores de carreras, estreses y disgustos, ya estamos curtidos, así que nos preparamos pronto. El tren salía a las 13:45. Filomenita se había ocupado de enterarse del número del taxista local (si, el taxista local, uno) y quedar con él a las 13:15 en el portal. Nos ocupamos toda la mañana de arreglar bultos, cerrar maletas, cosas de última hora y demás, y nos sentamos en el salón a esperar a las 12:15. Los tres nos miramos y pensamos: uff, una hora. Pues anda que no queda... podíamos echar una partida de cartas o algo. Y entonces Filomenita tuvo una iluminación divina. Se levantó y se fue a mirar los billetes.
Cuando entró en el salón, creí que le había dado un algo; la cara blanca y descompuesta; sin hacer ni un gesto - ya estábamos Filomenito y yo bastante asustados - me dió los billetes y me dijo: Mira nena, porque yo creo que hay algo que está mal.
Y tan mal. El tren no salía a las 13:45, sino a las 12:45. Los tres miramos el reloj - las 12:20 - y entonces empezó el caos y el rechinar de dientes.
Aaaah, Filomenito sale corriendo a ponerse el abrigo, y Filomenita atina a llamar al taxista para que venga antes (no sin antes darle la antigua dirección de Madrid, con los nervios, ya se sabe!). El taxista viene en tres minutos (el maldito) y en dos minutos mas, Filomenito y yo nos apañamos para meter todo a presión en el maletero, en el asiento y por todas partes. Y entonces el taxista arranca y entonces todo se convierte en una pesadilla de esas en las que te persigue un tío con un cuchillo y no puedes correr.

En circunstancias normales, de Chez Filomenitos a la estación de tren se tardan ocho minutos. El taxista tardó dieciseis, pillando (yo creo que aposta) todos los semáforos. Y Filomenita intentando explicarle que teníamos prisa porque nos habíamos confundido al leer la fecha en el billete, y el tío que repetía; "pues me podían haber ustedes llamado antes, habría venido, porque total, estaba esperando..." (se veía que el pobre, dos cosas a la vez, no). Yo sabía que aquello iba  a acabar en drama; o perdíamos el tren, o mi madre mataba al taxista, o las dos cosas.

Cuando el taxi por fin se acercaba a la estación, vimos llegar un alta velocidad. Los tres retuvimos la respiración: ah! igual lo logramos! Según frenaba el taxi, nos tiramos fuera. Filomenita agarró dos bolsas y salió corriendo mientras Filomenito y yo sacábamos el resto de cosas del maletero y pagábamos al taxista - por supuesto, justo! Mientras Filomenito cerraba la cartera, me dió tiempo a ver de reojo a mi madre correr por la estación; una imagen que jamás olvidaré. Corria con las botas esquimales (y lo hubiera hecho igualito con tacones), el visón al viento, el bolso cruzado sobre el pecho y una bolsa en cada mano - abiertas a los lados en la urgencia de la carrera - sin mirar más que al tren que se nos escapaba. Pasó por los controles de seguridad sin pararse, alterando a la chica de Renfe, al segurata y a un par de limpiadores que había por ahí, y siguió corriendo al andén. La chica de la Renfe consideró hacerle un placaje durante un instante, pero creo que sus buenas maneras se lo impidieron. Si yo, que la iba siguiendo con mis bultos, no la hubiera alcanzado en el andén, creo que se hubiera metido en el primer tren disponible, fuera donde fuera.
Nos informaron de que el tren había salido puntualmente - para variar! - a las 12:45, y que el alta velocidad que habíamos visto - y que también se había ido - iba en dirección contraria.

Dejamos a Filomenito apostado con los doce mil bultos - yo pensaba para mí: pordiosquenonoshayamosdejadolasalbondigaseneltaxi - y nos dirigimos al mostrador, a ver qué podíamos hacer con nuestros billetes y nuestras personas. Cuando llegamos, la adrenalina le jugó una mala pasada a Filomenita, que se derrengó por encima del mostrador. El señor, funcionario de los de siempre de ventanilla de Renfe, la miró primero con sorpresa y luego con pena, mientras yo le explicaba que a mi madre le estaba dando un síncope porque era la primera vez que perdía un tren en sus setenta años de vida. Y debió resultar, porque el señor se sonrió detrás de su bigote y nos cambió los billetes - en regional, porque no había alta velocidad hasta las ocho de la tarde, pero nos los cambió.

Cuando nos metimos en el regional, ya llevábamos un buen rato riéndonos a carcajadas.
No, creo que mejor dicho, estas cosas sólo pasan en mi casa.