lunes, 30 de marzo de 2009

Entry on duty date or on the road balad

Parecía que no iba a llegar nunca, pero llegó. 
Si, si, todo llega, y lo sé, lo digo siempre, pero a veces es que no me lo creo ni yo... a veces me puede la impaciencia. Y eso que aprendí a aguantar... (y a hacer la casa por el tejado). 

Estoy otra vez en la ciudad eterna, que me recibe como una vieja amiga. Me sigo conociendo sus rincones, está igual de decadente y de caótica que cuando me fui. De entre todos, eres la única que sabía que nunca cambiaría. La decadencia es lenta y parsimoniosa. 
Las obras de remodelación siguen en los mismos sitios, claro que no las han acabado. Y quién quiere que las acaben? Lo importante de un viaje casi nunca es el destino final. No he visto ratas, me pregunto si seguirán galopando cual gacelas por los prados de la Piazza Cavour.
Como en casa, las calles, las direcciones, las líneas de autobús y hasta me parece ver al misma gente por la calle. Los mismos turistas, eso siempre. 
Te me habías ido olvidando poco a poco, como uno se acostumbra a un dolor sordo de cabeza, pero no te habías ido del todo. Si te metiste dentro y no te puedo sacar, aunque quiera hacerlo; claro que tengo asuntos pendientes contigo. Sólo porque hace mucho que no te lo digo, no significa que no sea verdad. 
Volveré, ya lo sabes.  Estamos hechas la una para la otra. 
Hasta el día que no me pierda por tus calles, hasta el día que no vea algo interesante en la próxima esquina. Hasta el día que no encuentre excusas para pasear durante horas por tus calles estrechas y desordenadas. 

Deja que me fluya tu aire húmedo por la cabeza, porque las ideas vienen con él... deja que me duerma pensando que mañana será otro día. Falta menos para volver, pero mientras tanto, lo importante, es el viaje. 


sábado, 14 de marzo de 2009

Parole, parole, parole...

Me sorprendo de lo fácil que es volver a hacer las cosas que a uno le gustan... y yo que lo había dejado quién sabe por qué. Si a mi me encanta estudiar idiomas... recuerdo cuando hacer dos idiomas por la tarde era lo único que de verdad me gustaba de tood lo que hacía... Pensad que estoy enferma si me encantan los objetos directos, los objetos indirectos, pasiva, el vocabulario... es que simplemente me gusta. Me gusta saber cómo es que piensan las otras personas, porque los idiomas son una ventana a la forma de pensar de las personas. Me gusta estar ahí, escuchando las nuevas estructuras, y sintiendo como las neuronas se me ponen contentas por el ejercicio. 
No lo echaba de menos oficialmente... pero me encuentro a gusto. Que sí, que me alegro de no haber hecho filología, claro. Porque mi amor por las palabras va más allá de la filología, la verdad. El lenguaje cambia constantemente, es sometido a maltrato y a mal uso constante, y a pesar de ello, no nos las hace pagar... las palabras no son malas per se, aunque la gente las use para decir mentiras. 
Recuerdo cuando buscaba una palabra y me encontraba con otro montón por el camino. Y qué interesante es aprender palabras nuevas, y de dónde vienen, y por qué en un idioma ha evolucionado hacia un lugar, y en otro ha evolucionado en otra dirección... 
Las palabras me ayudan a restablecer el orden en mi mente, como si repitiera un mantra... 

gato, cattivo, cat, méchant... 
soy, je suis, i am, sono, ich bin... 
todo irá bien
tout ira bien
everything will be allright
tutto andara bene
alles wird gut...

jueves, 12 de marzo de 2009

La partida

Os debía este post, pero ha sido difícil de escribir, creedme. Más de lo que nunca pensé cuando leí el mail que me anunciaba mi nuevo puesto el mes de noviembre. Mucho más.

Nada fue terriblemente mal. Todo fue conscientemente elegido y llevado a cabo (ejecutado) con esa manera fría y calculadora de cuando el estómago se me para y me dice: bueno, es la hora.
Y me quedo corta cuando quiero explicar el nudo que se me hizo en el estómago cuando llegó el señor de la mudanza y me dijo: 417 libras. Cuando vi el apartamento vacío de nuevo. Porque se quedó vacío como si allí nunca hubiera habido nadie y como si nunca nos hubiéramos reído dentro. Cuando ví los edificios absurdamente altos de la zona 10 alejándose por última vez. Y lo escribo, y ni yo misma me creo estas palabras que veo en la pantalla. Porque ahora estoy en París, haciendo fotos a la torre Eiffel… pero aún no he asumido que no voy a volver de estas vacaciones.

En esencia, porque no son unas vacaciones. Es una pausa antes de la nueva gran aventura, y después de dos años.

Dos años que empezaron como en una broma gigante, dentro de una persona que no era yo, haciendo amigos ajenos y valorando siempre las posibilidades antes de saltar. No conozco a la persona que vivió mi vida en 2007, que fue uno de los mejores y de los peores años de mi vida, todo a la vez. Eso pasa cuando el trabajo del que estás desesperadamente enamorada tiende alejarte del resto de cosas que quieres en la vida. Y cuando tomas una decisión, después de darte cuenta de que algunas de esas cosas, resulta que en realidad no eran tan importantes.

La temporada seca del siguiente trajo algo que llevaba buscando mucho tiempo; a mí. No es que ahora esté más segura que antes, ni que sea mejor persona, ni más alta, más guapa, ni nada (más rubia sí, por cierto, pero eso es otra historia que será contada en otra ocasión). Pero sí soy yo misma, no una versión de mí vista a través de los ojos de nadie, ni por los ojos figurativos de nadie. Lilith, sin el cristal deformante, un manojo de posibilidades a mi alcance.
Después empezaron los fuegos artificiales: el odio, la calma, la desesperación, la perfección, el descubrimiento, el reencuentro, y por fin, lo inesperado, un espía que llegó de no se sabe muy dónde y por qué extraños recovecos de la vida (estoy segura que no pega el destino en esta frase). Y entender la segunda parte, que cuando el único punto fijo de la vida es el trabajo que uno ama desesperadamente, todo lo demás tiene que estar necesariamente en función de ello.
Hay una manera, tiene que haberla. Porque hasta ahora, siempre me las he arreglado para conservar la salud mental. Creo. Espero.

Os transcribo un poco de lo que escribí en el avión, después de ver cómo las nubes tapaban la Ciudad, y, tras quince días de preguntarme constantemente, sentir de verdad qué se sentía yendo dentro de uno de esos aviones que se veían por mi ventana.

Nunca parece que es la última vez. Siempre parece que las cosas cotidianas van a seguir siendo cotidianas, porque ésa es su esencia. Pero no. A veces, es la última vez que hacemos o decimos algo. Mañana empezará otra semana. Casi todo será igual, pero no estaré ahí. A algunas personas les habrá cambiado el devenir diario, y yo empezaré toda una sucesión de semanas diferentes que me llevarán por un camino que ahora mismo desconozco. Mis mañanas ya no empezarán maldiciendo la luz del sol que entra por la ventana hasta que me doy cuenta de que es otro hermoso día de primavera. Ya no me maravillaré de las vistas verdes desde mi habitación, ni comprobaré que los volcanes pasaron la noche en su lugar. Ni oiré una voz cantando mal en el baño, ni oleré el café en el salón, ni esperaré la luz suave de las cuatro de la tarde en el sofá, y cambiarán las canciones de los bares sin mi consentimiento y ya no me las sabré de memoria. Mi vida seguirá, y ya nunca tendré esa misma sensación de un anochecer de verano en otra dimensión, ni veré el tráfico absurdo de la una de la mañana.

No me despedí del chico del sushibar, ni del señor de la tiendita de la esquina del edificio. Pensarán solamente que he cambiado de costumbre, o que los extranjeros siempre van y vienen, como las flores de los jacarandás… Las cosas que quedaron para mañana, se irán al limbo de los mañanas que no existen. Porque todo tiene una última vez, tan cierto como que tiene una primera.


Tengo los recuerdos de muchos meses de alegría. Es posible que sea por eso que dentro de mí se rehúsa a creer que se ha terminado. Nunca queremos que se acaben las cosas buenas, como nunca queremos que se termine una buena fiesta, ni un buen libro, ni una buena conversación. Pero las cosas se terminan, y nos movemos al siguiente libro, a la siguiente conversación, al siguiente paso.

Y será bueno, lo sé, porque algo me lo dice (y la voluntad gritando: ¡resistid, es la orden!); porque tiene que ser bueno, porque si no, no merece la pena. Ya me entusiasmaré por el futuro cuando pueda; ahora, señor agente, déjeme que me termine mi copita de melancolía, que es mi vicio. Porque si no puedo estar triste por lo que dejo atrás, es que tampoco merecía la pena hacerlo.

Y hoy, como siempre, hacen años.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Paris, la ciudad de la luz

Llevo unos días durmiendo mucho, y eso es una señal.

De qué, je ne sais pas. Perdonad mi francés, pero es que por fin he logrado empezar el curso. ¿Que no he esperado tanto? No, pero la verdad, no pensaba tener que estar tres días en blanco en París antes de empezar a refrescar mi francés, enterrado por la noche de los tiempos y por un esfuerzo  de hablar italiano sin acento (tan inútil como bien logrado, dicho sea de paso). ¿La consecuencia? Miles de fotos de esta ciudad que se acumulan en mi ordenador. Ya iré poniendo algunas, porque la creatividad está volviendo. Poco a poco.

Es posible que el hecho de estar intentando pensar en varios idiomas a la vez sea lo que me hace tener taaaaanto sueño.  Es lo que tienen los cursos de idiomas; al menos en mi caso, hacen surgir ideas y conexiones extrañas dentro del cerebro. A la vez que siento cómo cada vez entiendo un porcentaje mayor de lo que oigo por la calle (he vuelto a escuchar conversaciones ajenas en el autobús, bendito vicio), noto cómo palabras en otros idiomas fluyen por mis venas. Por cada palabra en francés que resurge de donde quiera que estuviese enterrada, nuevas ideas salen de la aparente nada…. Sólo que no creo que salgan de la nada, más bien salen como mejillones pegados en los hilos de las sinapsis consecutivas…

Estoy alojada en un hotel raro. No tanto como otros que recuerdan ilustres visitas a esta misma ciudad (es lo que tiene viajar por el viejo continente con presupuesto limitado, que depara sorpresas indescriptibles en materia de hoteles), pero sí ciertamente extraño, y en el que creo que no hay un solo francés, aunque todo el mundo dice bonjour, bonsoir y excusez-moi por los pasillos. Que son estrechos y largos, como en las películas de miedo, aunque el lugar, por no dar, no da ni miedo. Cómo hacen que esto huela a gato todos los días, si gatos no he visto ni uno? Espero saberlo antes de irme, porque es uno de esos secretos que uno querría averiguar para contárselo a sus nietos.

Hace ya muchos días que nadie me pregunta qué tal estoy. Mejor, porque ni yo misma lo sé. Después de una semana larga que salí de Guate, creo que empiezo a ver las cosas en perspectiva. No en demasiada perspectiva, porque es lo que tenemos los miopes, que tenemos problemas para ver las cosas a distancia. Pero por lo menos empiezo a ver el conjunto de las cosas. Los trámites se van ordenando en mi cabeza. Esa sensación de frío en la boca del estómago: se hacen las cosas porque hay que hacerlas y aquí no se discute más. 

Y ahora, después de haber aprendido cosas útiles en francés (tales como: participar en una reunión, cosa que seguramente haré en mi nuevo destino; ya sólo me quedan "enfoque integral" y "sostenibilidad" por aprender), me voy a hacer fotos a la Torre Eiffel, porque subir no pienso subir (lo siento por los que me habeis pedido una foto desde arriba, pero va a ser que no, tampoco esta vez), pero la tengo que fotografiar con mi super cámara nueva...