sábado, 23 de octubre de 2010

Indignación

Me indigna la gilipollez ajena.
Y no soy capaz de ocultarlo.
Sí, lo sé, hay muchas formas de llamar gilipollas a una persona, pero cuando los límites de mi medidor personal de gilipollez pasan cierto umbral, las opciones más elegantes de llamar gilipollas a alguien desaparecen y sólo quedan las alternativas más directas.
Esto, por más que me repatee, le da la razón al Arquitecto aquella vez que se partía de risa diciendo: en el cuerpo diplomático tú? Te imagino allí forzando a todo el mundo a firmar los tratados...
Es verdad, no valgo para la hipocresía y la corrección política más que hasta un cierto nivel. Por eso hace tiempo que decidí no pasar la vida como una ameba y pasarme a la acción.
Y nadie puede decirme que ni mi vida ni mi trabajo carecen de acción, desde luego.
Desgraciadamente, tampoco he conseguido desembarazarme de la gilipollez.

No puedo evitar que me moleste profundamente que la gente niegue haber hecho las cosas mal y que tengamos que pagar todos por ello, debido a su tozudez.
No puedo evitar que se me acuse de no haber hecho todo lo posible cuando lo he hecho y no ha funcionado.
No puedo evitar que no me salga poner buena cara cuando la gente se merece una patada en el culo.

Afortunadamente, a pesar de que en esta ocasión no me voy a desahogar completamente, la gilipollez ajena está dando sus frutos y la venganza se servirá fría. Y no me va a hacer falta ponerme el traje de ninja para dar puñaladas por la espalda, ya estoy viendo como los perpetradores de gilipolleces se las asestan entre ellos. De momento, ya tengo la inmensa suerte de poder aprovechar mi recién recuperado dominio de la situación siendo agradablemente irónica.
Regla número uno: si no puedes seguir con ellas hasta el final con la cabeza alta, no hagas las cosas. En el fondo, hay que ser inteligente hasta para hacer gilipolleces.

jueves, 21 de octubre de 2010

Una boca de metro

He soñado con cosas de hace tiempo. Es curioso, porque apenas he abierto los ojos, todo se ha colocado rápidamente en su sitio, pero el sueño no ha querido desaparecer en la nada del olvido. La sensación de una voz seguía tan presente en mi mente como si de verdad la hubiera oído hace un minuto.
Y sin embargo, no es verdad.
Me siento en los callejones de la memoria como en los de la realidad esperando que el pasado salga de cualquier rincón para tal vez, cambiar las cosas. Pero creo que nunca pasa porque en el fondo, no quiero cambiarlas. Esa es mi excusa; en el fondo, nunca quise cambiar las cosas.

La boca de metro donde se quedó suspendido un camino de mi vida, no existe ya. La no existencia de las cosas, y su resistencia a desaparecer en el olvido son lo único que me hace preguntarme una pregunta sin respuesta. Como cuando alguien te habla de brujas y te pide no pesar en ellas. El recuerdo de unos faros que giran en una glorieta y una conversación a media voz.
La vida no es como en las películas. Un solo evento no cambia una vida entera, porque cada evento es el resultado de miles de procesos y pone en marcha otros, todos ellos con relaciones multívocas.
Tal vez aquella boca de metro habría podido ser otro lugar que hoy aún existiera y no me recordaría nada. Tal vez lo único que me consolaría sería saber si es un recuerdo compartido o no... pero eso, también es una pregunta sin respuesta que sólo pertenece a mis sueños rebeldes.

sábado, 16 de octubre de 2010

Estamos en el futuro

Me encantan los grupos de facebook (y algunos estareís pensando: qué tienen que ver las churras con las merinas? Seguid leyendo). No sé si hay gente que trabaja poco, o que aprovecha cualquier idea sagaz que tiene para plasmarla en el mundo cibernético o simplemente que hay muchas chorradas de grupos y tengo amigos (del fb, que ya hablaremos sobre eso otro día) que los filtran por mí. El caso es que hay grupos muy buenos. Y como una es políglota y ve grupos en varios idimas, todavía se ríe más.
El caso es que hace poco ví uno que se llamaba: ¿Por qué estamos en 2010 y los coches no vuelan?
Y claro, me hizo gracia, porque estamos en el futuro. No importa que ahora las películas se sitúen más bien en el año 3000 y tal, porque hace veinte años, con la guerra fría y la destrucción inminente encima, nuestra imaginación se forjó con Regreso al futuro. Además entonces la humanidad tenía no sólo que sobrevivir a la amenaza del holocausto nuclear en cualquier momento, sino que tenía sobre su cabeza el cambio de milenio (que se produjo la nochevieja del 2000, no la del 1999, y estoy dispuesta a demostrarlo matemáticamente a quien haga falta!) y el efecto 2000 (que nos íbamos a morir todos...),etc... Toda una generación (o dos, porque nunca he sabido si el Arquitecto y yo éramos dos generaciones distintas o dos extremos de la misma generación) piensa, aunque sea abstractamente que "hoy, 16 de octubre de 2010" y 2010 como año, no son la misma cosa. Estamos en el futuro.
Y no hay coches voladores (que ya lo decía Jardiel Poncela, la realidad es el mejor instrumento para hacer reír).
Pero casi, señores, casi.

No sé si será porque me dedico a vivir en países donde hablar por teléfono (fijo) es un reto, o porque verdaderamente las ciencias avanzan a un ritmo alucinante, pero me parece increíble que ya haya ordenadores del tamaño que los hay, con la capacidad de procesar y almacenar datos que tienen; me parece fascinante que la mayor parte de mi trabajo diario, a pesar de que trabajo en una actividad patentemente tangible (si no, que se lo pregunten a los que se me quejan de las lentejas canadienses), está en una nube internet. Me parece alucinante que el otro día S me llamara desde un chisme que está a medias entre un teléfono y un ordenador, pero que le cabe en el bolso (y S no usa bolsos XL como los míos!) y que mi teléfono móvil con el que no siempre consigo pasar las llamadas, me de las coordenadas de donde estamos en medio del desierto. Y para colmo de sorpresas, el otro día leo que están probando los coches sin conductor (noñerías, lo del control de velocidad y lo del gps que te dice que gires donde hay un árbol tronchado por la tormenta de anoche), y que esperan tardar 8 años en sacarlos a la venta.


Y dentro de todo este futuro maravilloso, creo que es una vergüenza que sigamos sin resolver los problemas más elementales, pero no puedo evitar el sentimiento de asombro. Será que me hago mayor.

lunes, 4 de octubre de 2010

Ballenas


Lo recuerdo bastante claramente, aunque no se en qué momento ocurrió. Me imagino que no soy la única persona a la que le ha pasado, pero sí se que para mí marcó un antes y un después. Y si a esto aplicamos mi teoría de que las personas no cambian, sino que sólo se vuelven más como son, podemos deducir que desde mi más tierna infancia doy señales de que acabaré siendo una cínica terrible. Si es que no lo soy ya, hecho el cual que no me impide dormir por la noche (al revés que los camiones de basura o lo que sea que pasan por al lado de casa a las seis de la mañana).
El caso es que cuando uno es pequeño, se imagina las ballenas como unos seres azules, con la cabeza redonda, con los ojos sonrientes y la boca enorme, pero sin dientes, porque no comen más que plancton (y a Pinocho se lo tragaron sin querer, y a Jonás por orden divina), que son uans gambas pequeñitas que flotan en el mar y toman el sol todo el día (esto último es cosecha mía, creo). Yo incluso tenía una plantilla con animales marinos, que vino con los yogures (junto con otras cuantas, imagino igualmente falaces, como se verá en breve) y que me servía para dibujar animalillos por todas partes, aunque no recuerdo haberlo hecho con frecuencia. Pero recuerdo la forma de la ballena troquelada en el plástico azul, que incluso tenía su pequeño surtidor de agua en forma de gotitas que salpican encima de la cabeza. Algo así:
Eso, se lo imagina uno mientras la vida es simple y bonita. Después, descubre uno que en realidad una ballena es un bicho bastante más feo. De hecho, y por muy entrañable que sea (todos los animales que no tienen tendencias homicidas tienden a ser simpáticos, e incluso algunos que sí las tienen), es probablemente uno de los animales más feos que he visto. Enormes, con una cabeza (seamos sinceros) extraña y llena de moluscos pegados, nada de ese azul brillante de los dibujos; los ojos diminutos y un respiradero que salpica sin gracia. Eso no le da derecho a los japoneses y a los noruegos a cazarlas sin control, pero digamos que es una de los mayores chascos que me he llevado nunca. Las ballenas son feas, es la cruda realidad.
Llega un momento en el que uno acepta estas cosas con naturalidad (no todos, hay quien se droga para no ver la realidad), pero la primera vez duele.
Hoy, le estaba explicando al Simpa la realidad de la vida con el ejemplo de las ballenas y, mirándome con esos ojos castaños suyos llenos de seriedad, me ha respondido: bueno, pero dejame seguir un ratito viendo a las ballenas bonitas....
En verdad que la vida sería más fácil si uno pudiera elegir a veces seguir viendo a las ballenas bonitas. Es una pena que los demás se empeñen en fastidiarla... y que lo consigan.
PS: Mis disculpas a los naturalistas que se hayan podido sentir ofendidos por mi punto de vista, no les deseo ningún mal a las ballenas, que me son por lo demás muy simpáticas. No hay que ser guapo para ser simpático!

sábado, 2 de octubre de 2010

Aventuras con Air Algerie

Lo prometido es deuda. Además de esos pequeños amigos con muchas patas, otra de las cosas que marca de la dimensión paralela es Air Algerie, o como se la conoce más informalmente, Air Cous cous…

Nota bene: es verdad que una servidora se pasa la vida viajando; no tanto como otros (a quien no haya visto“Up in the air” con su pésima traducción de título “Amor sin escalas”, de George Clooney, que la vea), pero lo suficiente como para que, hasta cierto punto sea normal que me pasen cosas con los aviones. Por eso, quiero que sepáis que las historias que se van a contar en este post, aunque escalofriantes, son absolutamente verídicas y que ya han pasado el rasero de "cosas que pasan cuando se viaja mucho". Pertenecen, absoluta e integralmente, a la dimensión paralela....

Viaje 1: Siete horas en el Cairo.
El aeropuerto de El Cairo no es que sea muy normal. La verdad es que desde la primera vez que fui, y de eso hace ya unos cuantos posts, lo han reformado de pies a cabeza y desde fuera ya no parece una simple barraquilla (también hace mucho volar a las tres de la mañana o a las tres de la tarde; ve uno las cosas de otro color, y no sólo por el sueño). El caso es que después de una semanita allí, tenía yo mi vuelo de vuelta a las 14:30 un viernes. Rollo, porque así no hay quien aproveche uno el díita de viaje viendo algo de la ciudad (porque el Museo Arqueológico es una experiencia, debe estar igual que lo dejó Carter). Pero no tenía yo sola el vuelo: lo tenía con un compañero de la oficina que había tenido un training que acababa el mismo día y que de resultas, volaba de vuelta conmigo.

Era una mala conjunción: cuando quien te acompaña es la peor persona posible de la oficina, está claro que vas a tener retraso. Y ese retraso será proporcional a lo mal que te caiga la persona en cuestión.

Siete horas de retraso.
Imaginaos la tortura.

Y como os decía al principio, las siete horas, amenizadas por las particularidades del aeropuerto del Cairo, empezando por sus simpáticos policías (que deben ser los peor pagados del mundo árabe, a juzgar por la mala leche que se gastan), y acabando porque la zona de facturación está cerrada al público. ¿Que cómo facturas? Pues pasando un control de seguridad de una sola dirección. Es decir, que si entras y cuando entras descubres que tu vuelo está retrasado, como nos pasó a mí y al ser que me acompañaba, pues te quedas mirando los mostradores de facturación en un espacio de diez metros de ancho por cincuenta de largo en el que sólo hay gente facturando, hasta que aparezca el azofaifo que te facture. Que con Air Cous cous, solo Allah sabe cuándo será.

Al cabo de cuatro o cinco horas nos dejaron facturar y nos dieron unos sándwiches sospechosos (pero de verdad)… pero no os podéis imaginar la tortura que puede llegar a ser estar intentando ocuparse mucho muchísimo todo el rato para intentar no hablar con alguien que os cae tan mal todo ese tiempo. Porque al fin y al cabo, el retraso tampoco es culpa suya… en principio. Creo que ha sido la única vez que me he acabado un libro de sudokus entero antes de subir al avión.

Lo bueno es que después de todo ese esfuerzo, y del aburrimiento, te subes al avión y te quedas frito… hasta que el personaje que te acompaña sale al baño y cuando vuelve te despierta para decirte que se va a cambiar de asiento para no molestarte (qué contesta uno a eso???). Y lo malo es que después de llegar al aeropuerto de Argel a la misma hora que el otro vuelo debía llegar al aeropuerto de Tindouf, de los doscientos y pico pasajeros que había en el avión, la única que se fue a quejar fui yo. Así, no me extraña que nadie nos dijera el porqué de las siete horitas.

Lecciones aprendidas: pacieeeeeencia para soltar borderías a cada una de las chorradas que decía el interfecto acompañante (me pregunto si habría visto mejor el asunto de siete horas allí si no hubiera sido por la compañía). Templaaaaaaanza para no soltarle más exabruptos al jefe de escala en el aeropuerto de Argel. No volver a comprar Air Algerie para Egipto. Nunca. Air Egypt por lo menos informa…

Viaje 2: cómo no llegar a una formación.
Después de haber luchado contra los elementos y haber conseguido todos los billetes hasta Kampala con menos de doscientas cuarenta escalas, de haber preparado la maleta y haberme hecho a la idea de no dormir por la noche, llegamos al aeropuerto (sábado por la noche) a la una de la mañana (o sea que ya el domingo) sólo para que nos digan que el avión no ha salido todavía de Argel... paciencia... qué hace uno a esas horas de la mañana? Pues charla un poco, cada vez menos porque está uno reventado (porque además no ha dormido siesta pensando en dormir en el avión, que si uno no está cansado, cuesta mucho). Además, porque cuando uno no sabe qué pasa, pues tampoco tiene ganas de enfrascarse en conversaciones profundas... Al cabo del rato, sale el tipo de AC (que debe tener la piel de la cara del espesor de la de un elefante indio, porque con las noticias que nos da a los pobres viajeros) y nos dice que el avión ha salido, que empecemos a facturar.

Claro, se monta el pifostio (es una palabrota?) de siempre, con la cola de gente que se intenta colar no respetando las maletas que llevan allí dos horas, los gritos de los de AC diciendo que vamos a llegar todos (como si eso fuera verdad, pues no hay veces que dejan a gente en tierra por el overbooking!) y demás perlas del comportamiento humano, profundamente solidario cuando la situación lo requiere. Cuando ya hemos pasado el mal rato y hemos facturado todos, e incluso hemos entrado en la zona de embarque (si, bueno, con muy buena fe se la puede llamar tal); ah, no, espera, todos no, yo estoy chapurreando árabe con el policía que ve los pasaportes, que claro, me conoce y sabe que no hablo una palabra. Bueno, cuando estamos terminando de entrar, el hombre de la piel de elefante, ahora sí, pasa por entre quienes todavía no hemos entrado diciendo: no se molesten, que el avión ha dado media vuelta y no viene.

Mi sorpresa es tal que, olvidados los chapurreos, me sale la mala leche y le digo muy circunspectamente: Espero que eso sea una broma. El tipo saca la piel de elefante y me dice: No, señorita, no es ninguna broma, y el primero que lo siente soy yo. Y a mí la mala leche ya me sale del todo, y le contesto: Eso sí que no es verdad.

Tras la amena conversación, confirmamos que es verdad que no va a haber avión, que he perdido mi conexión vía Londres y que la formación ya será otro año.

¿La explicación? Pues no la sé todavía, pero no sé si a los del avión que ya estaba en el aire se les pondría la misma cara de piano que a nosotros.

Lecciones aprendidas: no volar el último día posible para llegar a una formación.

Viaje 3: Las vacaciones imposibles...
El Simpa sin papeles, los nuevos de la oficina que llegan y necesitan un buen briefing, y yo que desde la formación frustrada no había podido salir de la dimensión paralela... un momento que no podía ser peor para tener problemas con el vuelo... otra mala conjunción, pero es que uno nunca aprende…

Viernes por la noche: me voy el viernes porque así puedo descansar el sábado y estar en plena forma el domingo, porque no hay nada peor que ir a la ofi de cabeza desde ese vuelo nocturno del demonio en el que las azafatas te despiertan a propósito para envenenarte con un pseudo desayuno a las tres de la mañana (ay, Miriam R, no sabrás las veces que me he acordado de tí). Llegamos al aeropuerto a la hora de siempre. Principios de agosto, gente que se va de vacaciones, gente que se mueve a principios de Ramadan... la tensión se corta con un cuchillo... pero AC ha decidido jugar otra carta: la de la desesperación. Dos horas y pico después de estar en el aeropuerto, el tío de la piel de elefante sale y nos dice que no hay avión. Le vuelvo a decir que espero que eso sí que sea una broma y se cruzan palabras desagradables. No, no lo es. Entramos en casa a las cuatro de la mañana. Viento de levante.

La mañana del sábado, y el día en general (por qué será que los días que te regalan de esa manera los pasas tan mal?) tiempo asqueroso y humor de perros. A las siete de la tarde se empieza a desatar una tormenta que parece un simulacro del fin del mundo, pero como aquí las cosas son lentas todas, hasta las diez de la noche la tormenta no ha terminado de desatarse. Esta vez hay menos gente en el aeropuerto (en mi fuero interno pienso que han resignado, pero alguien me dice que les han puesto un bus). No hay visibilidad, ergo no hay avión. Por lo menos llegamos a casa a la una y media de la mañana.

Yo ya me empiezo a sentir como en el limbo de verdad, como en un relato (creo que de Mario Benedetti) en el que una serie de pasajeros de un avión ven su vuelo eternamente retrasado porque (atención, no sigais leyendo si no lo habéis leído!) en realidad su avión se estrelló al despegar y estén en el limbo... (qué angustia).

Al día siguiente vamos a trabajar, porque ya es domingo; con la rabia que da encontrarse con todo lo que habías dejado cerradito para las vacaciones... pues no. Hala, deshaz y vuelve a dejar cerrado por si vuelas esta noche. A las siete de la tarde, para mi mayor asombro, después de haber hecho un día bueno e incluso fresco después de la tormenta de la noche anterior, se vuelve a desatar otro simulacro del fin del mundo. Mientras me empiezo a dar cabezazos contra la pared, todo el mundo que conozco en la dimensión paralela busca contactos en AC para tener información: es que vamos a volar algún día? Me llegan mensajes contradictorios: avión a las nueve de la noche, avión al día siguiente, no hay avión, otra vez avión a las nueve de la noche…

En AC sólo nos contestan que durante el Ramadan (del 10 de agosto al 10 de septiembre, aprox, este año), se han cancelado los vuelos de los martes. Nadie sabe por qué ni qué relación tiene eso con nuestros vuelos cancelados…

A las nueve de la noche yo ya me digo que ir al aeropuerto es tontería, pero que si hay que ir se va. Cuando entramos, se desata la tormenta, y mientras charlamos la misma charla insustancial de hace dos días, observo cómo las palmas del parking se doblan hasta el suelo con el viento. Cuando ya estoy por decir que se acabó, que nos vamos a dormir a casa, sale el hombre de la piel de elefante que nos dice que inshallah, hoy si que habrá vuelo. Pero que hasta que no se aclare un poco la tormenta... Seguimos esperando... Creo que el hombre de la piel de elefante y yo somos amigos después de haber cruzado borderías. Además, entre bordería y bordería se ha enterado que soy la jefa de su vecino y ya se corta un poco a la hora de soltarme patrañas (creo que también tiene que ver que le he explicado que a mí no se moleste en intentar dármelas con queso, que prefiero el jamón).

Subimos al avión a las cuatro de la mañana, y llegamos a Argel de manera que me da justo justo tiempo de saludar antes de que los nuevos se vayan a la oficina...

Lecciones aprendidas: mi dominio del francés ha subido un grado: ya me puedo poner borde sin necesidad ninguna de ser chabacana. Más paciencia… tengo ya tantas horas de vuelo con la paciencia que me podría presentar a los cursos de especialización para Dalai Lama o para Santa.

Viaje 3: El avión fantasma...
Las vacaciones que tan mal empezaron, mejoraron mucho con el paso del tiempo, a pesar del que el Simpa se había quedado retransmitiendo el Ramadán desde la dimensión paralela. Grecia, mucha caló y muchas piedras, pero disfrutada, y España… pues que os voy a contar de esta España mía si sabéis más que yo, pobre exiliada voluntaria: amigos, buena comida y ponerse al día un poco con todo, colección de fotos incluida.

Pero como todo llega, el final de las vacaciones llega también, compruebo el vuelo de vuelta en la página web de AC (fashion fashion) y ahí está, mi vuelo del viernes 10 de septiembre a las 18 de la tarde, como en mi billete. S, que es un solete, es la voluntaria en esta ocasión para ayudarme a llegar con los bártulos (que son legión) al aeropuerto.

Llegamos con tiempo, vamos a comprar un candado e investigamos los mostradores donde siempre está AC. No hay nadie. No hay señales de vida reciente. El mostrador está cerrado a cal y canto, sólo faltan las plantitas esas que pasan rodando y el silbido del viento… hm, misterio. En las pantallas, el vuelo no aparece. Cuando preguntamos en información, nos miran (sobre todo a mi, S en su estupor me soporta moralmente) como a una loca peligrosa, porque en la parrilla no hay ningún vuelo de AC, había uno de Iberia por la mañana. Después de jurarles por Snoopy que yo tengo billete, que lo pone y que no lo he leído mal (después de verificarlo cuatro veces, el chico ya me da la razón) me aconsejan que vaya a Iberia a preguntar.

Mientras hacemos cola, S se pone en contacto con el mundo exterior y le dan un teléfono de la oficina de AC en Madrid. Llamo y suena y suena… empiezo a dudar de que la compañía siquiera exista.

En Iberia la chica se ríe cuando le digo: tengo un problema que seguro que no lo has visto nunca: mi vuelo ha desaparecido.
Cómo que ha desaparecido?
Sí, sí; mira mi billete y mira en el ordenador. Efectivamente, la chica lo hace y levanta una ceja.
Pues el vuelo aparece como cancelado, pero no está cancelado.
Qué raro.
Ves? Mi vuelo ha desaparecido.
La única alternativa es que me vaya vía Palma, pero como eso tampoco me garantiza que vaya a llegar a Tindouf, prefiero quedarme en la capital del mundo, donde S me acoge amablemente.

La chica de Iberia me confirma que el siguiente vuelo de AC es a la mañana siguiente y me aconseja venir con tiempo. Por si las flies. Le digo que si a la mañana siguiente se oyen gritos desde allí atrás, que no se extrañe y le damos las gracias. El vuelo lleva cancelado por lo menos quince días, ara qué se van a molestar en cambiarlo de la página web, o en ponerlo en el aeropuerto, ni nada. Que se fastidien los clientes, que para eso pagan.

Otra tarde regalada y el pobre Simpa esperando con la casa limpia.

A la mañana siguiente, no son capaces de darme explicaciones: afortunadamente me cambian el billete sin asegurarme la conexión de Tindouf (después en Argel me pondrán pegas por las plazas, echándole la culpa a Madrid, pero yo ya tengo caparazón) y me cobran la mitad del sobrepeso. Me dicen que es donde compré el billete que debían haberme avisado; claro, le digo, vosotros un cartelito aquí en el aeropuerto no lo podéis poner.

La única conclusión lógica es que me vendieron un billete para un vuelo que no existe; me siento como Michael Knight, una persona que no existe en un mundo que no está.

Lecciones aprendidas: no volar nunca más con Air Algerie en internacional, aunque sean más baratos los cambios; simplemente, no merece la pena el dolor de hígado y los años de vida consumidos.

Así que aquí me tenéis ahora, buscando vuelos para dentro de tres semanitas… desde luego, en lo que pueda evitar, no con Air Cous Cous!!! Pero como de Tindouf no hay quien salga sin ellos, me temo que las aventuras aéreas seguirán… y desde luego, tendré que abrir un capítulo nuevo para hablar del trato dentro del avión… pero eso es otra historia, y será contada en otra ocasión.