sábado, 24 de octubre de 2009

Se acabaron los tiempos de las mandarinas

La última etapa se cerró con el último clic de la última ficha que encajó en su lugar, dejándome en medio de la vida, como si me hubiera quedado en medio de la autopista, a salvo, en la franjita de hierba deprimida, pero viendo los coches pasar a toda velocidad a los dos lados.
De eso hace mucho.
Cuando el miedo llama a la puerta, el estómago baja diez grados de temperatura, y eso activa un sistema de piloto automático que ignora los sentimientos (o los desentimientos) y sigue el instinto de conservación. Digamos que tengo suerte, porque el mío siempre me lleva en la buena dirección (aunque siempre tengo miedo de que me acabe pasando algo estilo película de los hermanos Cohen).
Después de meses y meses de piloto automático, y de vida en un mundo paralelo, el otro día encontré un punto de coincidencia con mi vida anterior (con una de mis muchas vidas anteriores: no aquella en la que era pescador de perlas, sino una más reciente).

Estamos en la época de las mandarinas.

Mientras las dejaba en la mesa del trabajo, como pequeñas fuentes inofensivas de vitamina C, pensaba en lo que significaban en aquella otra vida lejana... aquellas mandarinas que se me olvidaban todas las mañanas encima de la calefacción y que se convertían en algo siniestramente parecido a la mermelada de naranja amarga.

El tiempo de las mandarinas. Se acabó, el tiempo de las mandarinas.

Se acabó la indecisión, el piloto automático, se acabaron los clics y las dudas inoportunas.

En realidad, hace mucho que se acabaron, pero no me había dado cuenta...

Así que, de las seis mandarinas, me comí cuatro y las otras dos deben estar todavía allí (puesto que después, salí corriendo a una reunión...). Aquí, con este clima, no les hace falta calefacción ninguna para convertirse en sucedáneo de mermelada, eso sí.



jueves, 22 de octubre de 2009

En sueños

Lo he soñado todas las noches de mi vida, aunque la mayoría de ellas no me acuerde.
Es fácil hacer de nostradamus a toro pasado y decir; si estaba claro, significaba esto.
No, no lo sabía, nadie hubiera podido saberlo.
Hay niñas que sueñan con castillos de cuento de hadas llenos de príncipes azules; yo sólo quiero que me traigas la cabeza del dragón.
Hay chicas que sueñan con el rebelde del instituto, que ladea la cabeza mientras charla con sus amigos y se escapa de las hora de clase, yo sólo quiero que sonrías con ese aire de golfo que pones cuando piensas que no estoy mirando.
Hay mujeres que sueñan con el hombre perfecto, que salen en las revistas, que es simpático, empático, nada dogmático, un poco telemático y casi nunca automático... yo sólo quiero que me mires sin saber qué decir cuando piensas que estoy guapa esta mañana.

Mi sueño todavía no ha pasado, pero tengo la sensación de que un día pasará, segundo a segundo como yo lo recuerdo.Tengo la terrible sensación de que he elegido este camino paso a paso sin poderlo evitar, pero sin la sensación de no tener otra salida. Y por fin, sabré cómo acaba el sueño...

Es de noche, todo está en calma, la luna ya se ha ido y sopla una brisa fría, que hace encogerse a las personas. Pero no hay nadie. Sólo él, que duerme echado de espaldas, respirando suavemente. Ella, despierta, muy despierta, veo las estrellas por una abertura en la entrada de la tienda. La brisa mueve la tela suavemente, como si no quisiera hacer ruido y despertar a las personas. Un gato ha pasado sigilosamente y se ha ido, continúa haciendo su ronda.
Ella se levanta despacio, sin despertarlo, y lo mira con amor. Él sigue durmiendo como un niño y su figura se perfila con la luz de las estrellas. Ella se queda un instante en la entrada y su figura se recorta con la luz del exterior, luego sale, y él se remueve un instante. Ella no vuelve.

martes, 20 de octubre de 2009

Ponerse al día

Por más que haga sesiones intensivas, no logro ponerme al día conmigo misma. No hay un buen equivalente en español para el verbo procastinate en inglés, aunque si tenemos la famosa frase: mejor lo dejo para mañana... no es cierto, lo que dejas para mañana (incluso aunque sea porque verdaderamente no tienes tiempo para hacerlo hoy), no lo harás. Da igual si tienes mucha o poca intención, siempre surge algo más urgente, más brillante, más nuevo.

Desde que tengo uso de razón habría querido días de 36 o 48 horas (menos los domingos, esos pueden tener 24, porque no me gustan demasiado). Pero creo que si me los dieran, los pediría de 56, así que no es ninguna solución. Me gustaría tener una brújula en la cabeza que me dijera de dónde van a venir los imprevistos hoy para esquivarlos y poder hacer todas esas cosas que se van quedando en un estrato de mi mente, que a falta de minería, se está solidificando y suelta perlas en mis sueños como nunca las ha soltado.

Ejemplo; sueño que estoy en España, de vacaciones, y mi máxima preocupación es que no recuerdo haber pasado por el aeropuerto de Argel (y mucho menos por el de Tindouf, que cada paso por este aeropuerto marca) ni haber hecho los documentos de viaje.

Eso soñando, así que ni os cuento cuando estoy despierta.
Con todas las vacaciones planeadas hasta quien sabe cuándo y sin pasar por casa por Navidad, faltando a la cita de El Almendro este año.

Ser multifuncional es una cualidad muy apreciada en Naciones Unidas. Eso quiere decir que el que quiere trabajar, se fríe de trabajo; hace lo que le gusta porque le gusta, y lo que no le gusta porque no lo hace nadie más, y hay que hacerlo para no hacer sólo trabajo agradable... porque el que es multifuncional, debe tener varias conciencias, además.

El otro día me escribía mi sucesor en mi antiguo puesto (me pregunto si mi antiguo jefe le da los mismos sustos que a mí, que después de dos años, aún seguía sobresaltándome cuando se abría la puerta de golpe; hasta que el pobre de mi exjefe acabó haciendo ruido aposta antes de abrir) y me dijo que mi archivo está ahí, ordenadito (espero que sirva de algo), y que todo el mundo habla con mucho cariño de mi, y de lo tarde que me quedaba a trabajar. Menos mal que añade que también se acuerdan de las charlas agradables (y yo que siempre me sentí borde rodeada de latinos hipermelosos)... si no, sería como para suicidarse.

Eso sí, seguro que no tienen a nadie que los fustigue con el látigo de la guardia de la lengua de Cervantes, a saber qué me andarán poniendo en los informes, porque nunca me dio tiempo a quitarles las malas manías lingüísticas, muchá.

Y ahora os dejo, voy a ver si saco fotos bonitas para mandárselas a mis ex colegas chapines, que vean por qué clase de arenas y piedras he cambiado las selvas impenetrables del país de la eterna primavera. Así, al menos me pongo al día con ellos.

martes, 13 de octubre de 2009

Esa sensación

Recuerdo que Pilimindrina, que tenía un blog épico, de esos que seguías mordiendote las uñas como un culebrón, lo dejó porque había encontrado el amor verdadero. No por el mero hecho de haber encontrado el amor verdadero, sino más bien, porque una vez que lo había encontrado, ya no le salía de dentro ponerse a contar las historias con el mismo toque cínico y alejado con el que las contaba antes de encontrarlo.
Desde dentro, se ven las cosas de otra manera, digo yo.
Y eso que ella cifraba todos los nombres.
No sé si Pilimindrina, aquella científica empedernida, habrá vuelto a abrir otro blog, quizá hasta con su nombre verdadero. Pero entiendo por qué dejo de escribir.
No, no es porque he encontrado el amor verdadero que he dejado de publicar posts. Tranquilos.
Pero me acuerdo de ella.
Y encuentro una relación turbadora y extraña con el hecho de que me hayan invitado a una boda (a una de tantas este año, casualidades de la vida) de una persona con la que hace mucho que no me relacionaba.
Cuando uno encuentra en la vida lo que andaba buscando, lo sabe. Es la misma sensación que tienes cuando encuentras la falda que has imaginado, pero magnificada mil veces, un millón de veces, la misma sensación que cuando encuentras las llaves en el fondo de un bolsillo que ya habías revisado, la misma sensación de beber agua cuando tienes sed. Da igual lo que andaras buscando, cuando lo encuentras, lo sabes.
Y entonces, todo lo demás vuelve a su justo lugar en el universo, y la importancia de las cosas es nítida. Siento deciros, ahora estoy más convencida que nunca, que el que no sepa citar las cosas más importantes de su vida en cinco segundos, todavía no las ha encontrado. Mejor suerte la próxima vez.
Cuando te conformas con otra cosa, también es cierto, las cosas no tienen por qué ir bien, pero siempre quedan dudas traicioneras por todas partes, y uno intenta convencerse de que todo va bien. Y uno acaba invitando a su boda a personas a las que en realidad ya no conoce, si es que alguna vez llegó a conocerlas.
Prefiero la opción de Pilimindrina; prefiero que quien esté cerca, observe y quien no, se dedique a lo suyo.
El amor se basta, no necesita público para ser reconocido.
Y la vida, afortunadamente, no es una película de Meg Ryan.

sábado, 10 de octubre de 2009

Como un cine de verano

En la pantalla se quedó el "proximamente en sus pantallas".. que nunca llegó, como un cine de verano, que siempre da la sensación de lo efímero, aunque ahora los hagan mucho más tecnificados que antes y las pantallas no sean paredes blancas (o verdes, si es en el frontón).
Y nunca llegué a contaros el por qué de las frases... la única referencia que me viene a la memoria es; no, no hacen sólo 44 grados aunque lo marque el termómetro, hacen muchísimos más a la sombre, porque al sol nadie quiere ponerse.
Así que no me preguntéis por qué no estoy morena. No hay que ponerse al sol (y yo en eso siempre he sido muy buena!). Y dos meses después sigue sin poder pararse al sol, aunque ya se puede respirar por la noche.
Aunque octubre es el mes de las moscas. Moscas tontas, de esas que duran dos días y nunca llegan a aprender a esquivar a los torpes y lentísimos humanos, moscas pequeñitas, zumbonas de las que te caen el el agua o en el refresco y te fastidian sin sacar nada a cambio. Moscas de esas que cuando son presa de niños crueles que les arrancan las alas, descubren que la vida no sólo es corta, además tiende a ser injusta.
Pero a estas horas de la noche no hay moscas; ahora sopla una ligera brisa (de componente norte con rachas de levante, como dicen siempre en las noticias de las tres, sin que eso le sea de utilidad ninguna a los profesionales de la mar, que a esas horas andan mojándose hasta el alma pegándose con los bonitos y demás fauna marítima), que mueve la ropa que he tendido esta tarde noche, mientras se terminaba de poner el sol detrás del cuartel que hay enfrente de mi casa.
Seguro que está seca, pero la verdad, no me apetece recogerla ahora mismo. Prefiero seguir escribiendo, ahora que me han dado ganas y los astros se alinean.
A estas horas, aquí sentada y después de haber visto la película que acabamos de ver (The Happening, no sé como se llama en español), parece que se ha acabado el mundo.
Ah, no, acaba de pasar un coche. Siempre hay un coche dispuesto a pasar rompiendo el encanto, las personas no tenemos consideración ninguna.
Qué decía? Ah, si, octubre... los meses pasan muy rápido cuando uno está hiper ocupado. En la semana no hay más que lunes (antes sábado, ahora domingo) y de repente, jueves, y todas las cosas que no se han hecho solas. Y las semanas van y vienen y no vuelven nunca, y se filtran entre las actividades planeadas hasta que de repente es demasiado tarde para contestar un correo o felicitar un cumpleaños.
Hay altos en el camino, los mojones que marcan la distancia, pero cada vez menos; por qué antes me acordaba de todos los cumpleaños y ahora casi no me acuerdo de ninguno? Tengo ya mi vida casi planificada hasta final de año (navidades tristemente incluidas), a pesar de que aquí no hay nada que hacer en fin de semana. O a lo mejor por eso precisamente.
El viento mece suavemente la ropa, o la ropa es mecida suavemente por el viento, según se mire.
Mejor voy a recogerla no se vaya a caer en el polvo.