lunes, 22 de octubre de 2012

Historias

Yo siempre he querido tener el don de contar historias. Historias que hagan reír, que hagan llorar, que iluminen o siembren de dudas; historias de las que los lectores - sí, lectores - se acuerden porque les hayan dicho algo, aunque no sea lo que quieren oír. O porque sea lo que quieren oír. Contar historias que cuenten algo, que se hagan las dueñas de la narración y en las que los personajes sean casi como personas de carne y hueso. O sin el casi. Historias, con un principio, un nudo y un desenlace, o al menos con alguno de ellos. Porque hay historias que empiezan pero no acaban nunca, y hay historias que se acaban antes de empezar. En otras historias, nadie, ni el protagonista ni el autor, saben lo que está pasando, y el nudo se pierde en la distancia antes de que nadie se entere.
Pero a veces tengo la sensación de que las historias se me escapan, aparecen y salen volando por la ventana antes de que me de tiempo a prestarles suficiente atención. Y la inspiración me mira, aburrida, desde la esquina. Como diciendo: te ha vuelto a pasar lo mismo, si es que no estás a lo que estás, hombre. Y entonces vuelvo a escribir lo mismo que ya había escrito antes. Porque aunque no haya historias, tengo que contarlas.